Siempre que me propongo ser más productivo por acá, pasa algo allá, y todo comienza a ir mal y termino acumulando tantas suciedades en el tintero que una vida de blog no me alcanzaría para contárselos todo. Así que me confundo, me turbo y me más turbo y nunca llego a nada. Perdonad, mis malas y exquisitas sucias juntas.
Luego de un más que rocoso y aspero, como chochi en herpes avanzado, comienzo de año, han pasado los meses y me encuentro en el comienzo del final, del tan esperado momento de todo futuro licenciado: la tesis. Lamentablemente esta weá no es High school musical, así que no tendré ni fiesta, ni traje, ni a Zac Efron... quizás solo unas chelas en los pastos y una chupá de pico loca con un desconocido en los baños de periodismo. ¿Quién se está quejando?
Así, en el transcurso de estas particulares vacaciones, he encontrado un refugio para la rápida y fugaz vida citadina: el lindo poblado de Putaendo, auspiciado por mi querida Megu. Y sí, he nombrado el vil pueblucho antes por motivos totalmente distintos al que me trae ahora, lo sé y callen. Anyway, huyendo de mi vida, con un pésimo corte de pelo y una cara que solo una madre podría amar, terminé en esta parcela, y una de esas noches, compartiendo alcohol, cigarros e historias al son del fuego campestre, nos pusimos a conversar de un tema que general y puntualmente sale al baile, como maricón de rosa furioso a la pista, que son los dibujos animados. ¿Qué monitos veías cuando eras chico? ¿Te gustaba la abejita Maya? ¿Terminaste de ver Ángel, la niña de las flores alguna vez? Esta y muchas otras preguntas nos entretuvieron durante la próxima media hora. Tres vodkas, siete cigarros y muchas risas después, pasamos desde qué superheroe es el más fuerte, a qué superheroe es el más rico.
Seamos honestos, a qué niña adolescente sexualmente confusa no encontraba rica a una que otra sailor moon, y qué maricón hecho y derecho no babeaba con alguno de estos musculosos y sudorosos animé japoneses del momento en pantalla chica. Más de alguno vio hentai o yaoi y se calentó y pajeó a tajo y destajo, sucios. Todo iba bien hasta que lanzé la bomba. 'A mi me calentaba Leonardo de las tortugas ninjas' dije, tras el último sorbo de mi cuarto vodka. 'Nicolás! dile algo!', farfulló Megumi después de atorarse con el humo del cigarro. Okey, esta es mi confesión: tenía alrededor de diez años y mis fantasias masturbatorias antes de dejar la mamadera era una tortuga de metro y medio. Ah, verdad, segunda confesión: tomé en mamadera como hasta los doce, de ahí mis habilidades succionadoras, eh.
Después que me gritaron zoofílico por el resto de mi dulce descanso, me puse a pensar en la provocación que generan estos curiosos dibujos (ya, dejando de lado a las tortugas mutantes) cuando uno es chico. Pero luego me puse a pensar en lo que nos generan a nuestra edad, y en lo que podrían generar en unos diez años más. ¿Provocan lo mismo? ¿Es sano calentarse con monos cuando tienes diez, veinte o treinta años? ¿Es sano calentarse con monos sin importar la edad? Bueno, es cierto que a algunos no les movió ni un pelo, pero qué pasa cuando les movió y mueve más de uno, ¿somos sucios y/o pervertidos por fijar la tensión sexual en algo que nunca fue producto para tal?
Yo ya sé que nada sé. Soy como una cola cincuentona que no sabe donde dejó la peluca y el rimel después de un gang bang en plaza pública. Así que os entrego la palabra a ustedes, a ver si tienen algo que comentar al respecto. Ah, y claro, se me olvidaba preguntar... ¿a qué dibujo animado le darías como bombo en fiesta? A ver si alguien se pajeaba con la rana René o la chanchita Pigui, y me hace compañía en mi fantasía olvidada de una tortuga asexuada.
Y queridos, cuídense las partes pudendas, que ya estamos en cuaresma, eh. Solo cochinadas aceptadas por el Papa. Ñéeeee.!
Los quiere, como siempre.
Tian, en vísperas de abstinencia.

